No
tuve narices a mirarte a los ojos en el último segundo antes de embarcar. No sé
si por miedo a que tus verdes inundaran mis amarillos de hiel, o por temor a
romper de un llanto los billetes y quemar, con el fuego de mi corazón, las vías
dirección ‘nos echaré de menos’.
‘Puede ser que la respuesta sea no
preguntarse por qué’, pero a mí no me vale, a mi me duele. Yo sangro cada
segundo de esta maldita espera y no es por afición aunque ya, a estas alturas,
lo parezca. Sangro ganas, sangro dudas, sangro ojalás, sangro tristeza. Sangro
renglones torcidos, desordenados por la rabia de no poder abandonar el
bolígrafo y el papel como abandono al mundo cuando estamos aquí. Sangro
añoranza, rebeldía, amor, desaliento.
Sangro el vacío que dejan cinco caminantes sin camino en mi mochila de utopías cuando la jodida estación decide anunciar la siguiente despedida, el sucesivo ‘hasta pronto’.
Y
tiene gracia. Pues hasta pronto mis cojones.
Y quiero
saberlo. Quiero saber por qué. Quiero saber cómo se sigue nadando cuando el mar
se ha tragado ya las fuerzas que a tus brazos le quedaban para remar, cuando ya
son demasiadas las veces que la marea ha dejado tu cuerpo postrado a 800
océanos de la felicidad.