viernes, 21 de noviembre de 2014

Trampas.

Redefinir la distancia y el tiempo sustituyendo millas por almas que conquistar y horas por espacio infinito, sería una buena forma de permitirnos amar lo difícil y ansiar y luchar por lo que creemos imposible.

Podría ser una bonita manera de dejar de fumarla, torturarla con humo negro, de evidenciarla a cada minuto, de contrariar los cuerpos deseosos de quererse.  

Desterraríamos los ‘y si…’, anestesiaríamos las dudas de una vez por todas, haríamos un placaje de emergencia a esta vida que nos devora los sueños y no habría besos impuntuales.
Pondríamos alas a quien sueña con poder volar, crearíamos terremotos de ternura dejando el miedo en el arcén inservible del camino. Al lado, precisamente, del quitamiedos.

Besar porque sí, abrazar porque sí, acariciar porque sí, sonreír porque sí.

Sería una muy dulce forma de dejar de pensar para empezar a sentir. Vivir.
Porque sí. Porque, ¿por qué no?



Hagamos trampas. Vivamos.

Yo le doy mi querer al querer.

Que mi corazón lata para los que le dan de beber. De vivir.
Que mis labios hagan de otros su alimento.
Que de mis ojos se cuelguen otros ojos y no todo ese ejército de lágrimas que ni vence ni es vencido.
Que mis acordes desvelen todo el amor que mis alas saben dar.
Que mis manos se deshagan del bolígrafo y el papel, y libren las batallas -con caricias como balas- en alguna espalda solitaria.
Que mi ombligo valga, qué menos, para hacer cosquillas a otro igual.



Que me bailen el agua los sueños a mí, y no yo el barro a la vida.