domingo, 26 de octubre de 2014

Volar.

Me miró con ojos de ‘enséñame a volar’.

Mi mar Mediterráneo quedó reducido a un charco de lluvia comparado con los océanos que me estaban inundando el alma en aquel instante.

Como a la más bonita de las bailarinas, la hice girar con sutil impulso, invitándola a una pieza bajo mis sábanas.
Aceptó el reto y, con una frágil sonrisa, me atrajo hacia ella.
De rodillas sobre la cama, empezó la guerra de caricias.
Tanteé ridículamente su espalda tratando de acomodarla sobre la pista de baile. Sin prisa.
Paseé con mis manos alrededor de su ombligo, entre su pecho y por su delicado cuello. La mimé como a las cuerdas de la guitarra más valiosa. Hice música con todo su cuerpo.

Me miró de nuevo a los ojos.
E imitó mis acordes.

Me besó como si fuese su último segundo de vida.
La correspondí sintiendo que acababa de nacer.

Fue el golpe de intensidad que, tras un delicado pero ansioso mordisco en mi labio inferior, desencadenó el acelerado estribillo de la canción que estábamos componiendo en el mismo instante. Mis manos andaban ya por el sur de sus caderas, hacia el norte de sus piernas.

Comenzó la rebeldía, el inevitable paso del pop inglés al rock incesante.
Besé su corazón. Arañó mi espalda.




Y ya ves, la hice volar.

jueves, 2 de octubre de 2014

Te cansarás.

362 días sin X. Poco más de los grados del giro que dio mi vida. Directamente proporcional a una milésima parte de las lágrimas que derramé a pesar de haberme dejado seca de vida en aquel instante.

Son incontables las veces que excusé su actitud ante el resto del mundo mientras me desangraba por dentro, como incontables son las ocasiones en las que hasta yo misma creí dichas excusas. Defendí sus acciones antes, durante y tras la demolición de mi puzle, busqué razones en cada suspiro enquistado, califiqué de presunto al culpable evidente. Y ahora veo para lo que sirvió, para continuar siendo una completa ignorante de mi propia situación.

Esperé su arrepentimiento y su regreso, como nadie nunca lo hará. Sequé sus lágrimas aun habiendo sido X quien dejó mi corazón en llamas. Ser estúpida siempre fue mi especialidad. Y aún así, no me arrepiento. No lo hago porque ninguna forma de ser, incluso la más retorcida, cambiará nunca la mía propia.

Y tras meses de dolor por fases, de silencio; de gritos ahogados en papel manchado con su sangre, que corría por mi tripa; de llantos bajo sábanas, cuyo olor tenían nombre y apellido aún; de reestructurar mi habitación y mi vida entera; de pensar demasiado y demasiado poco, en lo que ya ocurrió, en lo que ya no ocurre, en lo que jamás volverá a ocurrir; de cantar a las aceras, empedradas de recuerdos; de escribir a las paredes de mi alma en soledad; de dejar que se pudrieran mis sentimientos de tanto retorcerlos bajo el edredón; de abrazar al oxígeno que me daba vida y a la vez me ahogaba; de no ser sin X, de no ser…

Después de toda esa mierda, me di cuenta de que, cuando creí haber muerto, no había hecho más que nacer de nuevo. Y me juré dar siempre todo mí, pero nunca más perderme a mí misma.

362 días sin X.
362 días mí, me, CONMIGO.




Busca a mi dueño.