martes, 9 de diciembre de 2014

Carcelero, ¿cuánto queda?

Maldigo al tiempo, que corre, el hijo de puta, como el viento; maldigo al calendario, que parece marcar solo lunes y domingos; maldigo a mi guitarra, que suena con salpicaduras de dolor, de espera y de desesperanza. Maldigo al radiador, que sin tu abrazo no da más que frío el muy cabrón; maldigo a las estaciones en calma, con ese aire cargado de llantos reprimidos, de almas solitarias, de despedidas desacertadas, de abrazos a medias, de besos de lágrimas, de ‘a saber…’, de ojalás. Maldigo a los ordenadores, a los teléfonos móviles, a los mp3, a los televisores. No son más que reproductores de pseudorealidad, fieles opositores del roce de cuantas pieles quieran mecerse en el aire.

Maldigo los amaneceres a solas, las caricias forzadas, las sonrisas por complacer. Maldigo los despertadores suicidas, que revientan cada sueño de un balazo mal tirado. Maldigo la distancia, que solo crea fronteras entre aquellos vivos que, lejanos, anhelan vivirse unos a otros.

Maldigo a los que dicen amarse y solo saben matarse a mentiras; a los que cantan a la luna sin levantar la vista del suelo; a los que solo ven la vida en los ojos de quienes solo ven la vida en sus propias manos.

Maldigo tener que maldecir, maldigo mi suerte y maldigo estas líneas.


Aunque, joder, nada de lo anterior me es tan insoportable como haber escrito 240 palabras y que ninguna de ellas haya rozado siquiera tu espalda.

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