Me miró con
ojos de ‘enséñame a volar’.
Mi mar
Mediterráneo quedó reducido a un charco de lluvia comparado con los océanos que
me estaban inundando el alma en aquel instante.
Como a la
más bonita de las bailarinas, la hice girar con sutil impulso, invitándola a
una pieza bajo mis sábanas.
Aceptó el
reto y, con una frágil sonrisa, me atrajo hacia ella.
De rodillas
sobre la cama, empezó la guerra de caricias.
Tanteé
ridículamente su espalda tratando de acomodarla sobre la pista de baile. Sin
prisa.
Paseé con
mis manos alrededor de su ombligo, entre su pecho y por su delicado cuello. La
mimé como a las cuerdas de la guitarra más valiosa. Hice música con todo su
cuerpo.
Me miró de
nuevo a los ojos.
E imitó mis
acordes.
Me besó como
si fuese su último segundo de vida.
La
correspondí sintiendo que acababa de nacer.
Fue el golpe
de intensidad que, tras un delicado pero ansioso mordisco en mi labio inferior,
desencadenó el acelerado estribillo de la canción que estábamos componiendo en
el mismo instante. Mis manos andaban ya por el sur de sus caderas, hacia el
norte de sus piernas.
Comenzó la
rebeldía, el inevitable paso del pop inglés al rock incesante.
Besé su
corazón. Arañó mi espalda.
Y ya ves, la
hice volar.
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