Me cansé de andar
y corrí hasta encontrarte.
Me cansé de
tocar y compré otra guitarra que poder destrozar.
Me cansé de
cantar y compuse una canción que llenara mi pecho inundado de desaliento.
Me cansé de escribir
y leí en una tarde hasta los tickets de compra.
Me cansé de
comer y cociné para alimentar a todo un ejército de almas hambrientas.
Me cansé de
imaginar e inventé la forma de hacer los sueños realidad.
Me cansé de
pensar y abandoné la vergüenza en el último instante en que la duda me hizo
temblar.
Me cansé de
sonreír a quienes me lloraban lágrimas de cocodrilo, y empecé a abrazar los corazones
de los que, en otra vida, mil patadas dieron a mi voz.
Me cansé de
la Navidad y supliqué, a los pies de mi última cocinita de juguete, aliento a
los Reyes Magos.
Me cansé del
despertador y le puse música clásica para amanecer más serena.
Me cansé de
estudiar y me mudé a la biblioteca más taciturna de la comarca.
Me cansé de cuantos
destrozan la naturaleza, y degollé mil y una flores para hacerte un ramo de
ilusiones.
Me cansé del
olvido y del olvido me olvidé, y con él todas las marcas que dejaron tus
colmillos.
Me cansé de arrastrarme
y, cual serpiente, me deslicé ensangrentando mi piel hasta llegar a tus huesos.
Me cansé de
las caricias y convertí tu espalda en mi lienzo más caliente y febril.
Me cansé del
cansancio y follé con la luna, en tu honor, hasta abandonar mis pulmones en el
vacío estelar de la noche.
Miedo me da
cansarme de la vida.
Quién
sabe la de aceras que consumirían mis pies en busca de un rincón donde colorear
los grises de tu soledad.
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