362 días sin X. Poco más de los grados del giro que dio mi
vida. Directamente proporcional a una milésima parte de las lágrimas que
derramé a pesar de haberme dejado seca de vida en aquel instante.
Son incontables las veces que excusé su actitud ante el resto
del mundo mientras me desangraba por dentro, como incontables son las ocasiones
en las que hasta yo misma creí dichas excusas. Defendí sus acciones antes, durante
y tras la demolición de mi puzle, busqué razones en cada suspiro enquistado,
califiqué de presunto al culpable evidente. Y ahora veo para lo que sirvió, para
continuar siendo una completa ignorante de mi propia situación.
Esperé su arrepentimiento y su regreso, como nadie nunca lo
hará. Sequé sus lágrimas aun habiendo sido X quien dejó mi corazón en llamas. Ser
estúpida siempre fue mi especialidad. Y aún así, no me arrepiento. No lo hago
porque ninguna forma de ser, incluso la más retorcida, cambiará nunca la mía
propia.
Y tras meses de dolor por fases, de silencio; de gritos
ahogados en papel manchado con su sangre, que corría por mi tripa; de llantos
bajo sábanas, cuyo olor tenían nombre y apellido aún; de reestructurar mi
habitación y mi vida entera; de pensar demasiado y demasiado poco, en lo que ya
ocurrió, en lo que ya no ocurre, en lo que jamás volverá a ocurrir; de cantar a
las aceras, empedradas de recuerdos; de escribir a las paredes de mi alma en
soledad; de dejar que se pudrieran mis sentimientos de tanto retorcerlos bajo
el edredón; de abrazar al oxígeno que me daba vida y a la vez me ahogaba; de no
ser sin X, de no ser…
Después de toda esa mierda, me di cuenta de que, cuando creí
haber muerto, no había hecho más que nacer de nuevo. Y me juré dar siempre todo
mí, pero nunca más perderme a mí misma.
362 días sin X.
362 días mí, me,
CONMIGO.
Busca a mi dueño.
No hay comentarios:
Publicar un comentario