jueves, 11 de diciembre de 2014

Sangre negra de esta herida brota.

No tuve narices a mirarte a los ojos en el último segundo antes de embarcar. No sé si por miedo a que tus verdes inundaran mis amarillos de hiel, o por temor a romper de un llanto los billetes y quemar, con el fuego de mi corazón, las vías dirección ‘nos echaré de menos’.

‘Puede ser que la respuesta sea no preguntarse por qué’, pero a mí no me vale, a mi me duele. Yo sangro cada segundo de esta maldita espera y no es por afición aunque ya, a estas alturas, lo parezca. Sangro ganas, sangro dudas, sangro ojalás, sangro tristeza. Sangro renglones torcidos, desordenados por la rabia de no poder abandonar el bolígrafo y el papel como abandono al mundo cuando estamos aquí. Sangro añoranza, rebeldía, amor, desaliento.

Sangro el vacío que dejan cinco caminantes sin camino en mi mochila de utopías cuando la jodida estación decide anunciar la siguiente despedida, el sucesivo ‘hasta pronto’.

Y tiene gracia. Pues hasta pronto mis cojones.

Y quiero saberlo. Quiero saber por qué. Quiero saber cómo se sigue nadando cuando el mar se ha tragado ya las fuerzas que a tus brazos le quedaban para remar, cuando ya son demasiadas las veces que la marea ha dejado tu cuerpo postrado a 800 océanos de la felicidad.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Que beber bebo por gula, no por sediento.

Me cansé de andar y corrí hasta encontrarte.
Me cansé de tocar y compré otra guitarra que poder destrozar.
Me cansé de cantar y compuse una canción que llenara mi pecho inundado de desaliento.
Me cansé de escribir y leí en una tarde hasta los tickets de compra.
Me cansé de comer y cociné para alimentar a todo un ejército de almas hambrientas.
Me cansé de imaginar e inventé la forma de hacer los sueños realidad.
Me cansé de pensar y abandoné la vergüenza en el último instante en que la duda me hizo temblar.
Me cansé de sonreír a quienes me lloraban lágrimas de cocodrilo, y empecé a abrazar los corazones de los que, en otra vida, mil patadas dieron a mi voz.
Me cansé de la Navidad y supliqué, a los pies de mi última cocinita de juguete, aliento a los Reyes Magos.
Me cansé del despertador y le puse música clásica para amanecer más serena.
Me cansé de estudiar y me mudé a la biblioteca más taciturna de la comarca.
Me cansé de cuantos destrozan la naturaleza, y degollé mil y una flores para hacerte un ramo de ilusiones.
Me cansé del olvido y del olvido me olvidé, y con él todas las marcas que dejaron tus colmillos.
Me cansé de arrastrarme y, cual serpiente, me deslicé ensangrentando mi piel hasta llegar a tus huesos.
Me cansé de las caricias y convertí tu espalda en mi lienzo más caliente y febril.
Me cansé del cansancio y follé con la luna, en tu honor, hasta abandonar mis pulmones en el vacío estelar de la noche.


Miedo me da cansarme de la vida.
Quién sabe la de aceras que consumirían mis pies en busca de un rincón donde colorear los grises de tu soledad.

martes, 9 de diciembre de 2014

Carcelero, ¿cuánto queda?

Maldigo al tiempo, que corre, el hijo de puta, como el viento; maldigo al calendario, que parece marcar solo lunes y domingos; maldigo a mi guitarra, que suena con salpicaduras de dolor, de espera y de desesperanza. Maldigo al radiador, que sin tu abrazo no da más que frío el muy cabrón; maldigo a las estaciones en calma, con ese aire cargado de llantos reprimidos, de almas solitarias, de despedidas desacertadas, de abrazos a medias, de besos de lágrimas, de ‘a saber…’, de ojalás. Maldigo a los ordenadores, a los teléfonos móviles, a los mp3, a los televisores. No son más que reproductores de pseudorealidad, fieles opositores del roce de cuantas pieles quieran mecerse en el aire.

Maldigo los amaneceres a solas, las caricias forzadas, las sonrisas por complacer. Maldigo los despertadores suicidas, que revientan cada sueño de un balazo mal tirado. Maldigo la distancia, que solo crea fronteras entre aquellos vivos que, lejanos, anhelan vivirse unos a otros.

Maldigo a los que dicen amarse y solo saben matarse a mentiras; a los que cantan a la luna sin levantar la vista del suelo; a los que solo ven la vida en los ojos de quienes solo ven la vida en sus propias manos.

Maldigo tener que maldecir, maldigo mi suerte y maldigo estas líneas.


Aunque, joder, nada de lo anterior me es tan insoportable como haber escrito 240 palabras y que ninguna de ellas haya rozado siquiera tu espalda.