Pasábamos las tardes tumbados en cualquier parque soñando
con escapar a algún lugar lejano, con fugarnos y desaparecer de este mundo
plagado de mentes hirientes, de preguntas sin respuesta, de jaleos, reproches y
ojalás. Imaginábamos una vida futura
llena de música y risas, sin prisas ni ajetreos, con besos de desayuno e
infinitas cosas de esas que no se pueden contar.
Nos pasábamos el rato haciendo planes porque sí, porque nos
encantaba y porque anhelábamos aquello que no teníamos. Típico. Fantaseábamos
con, algún día, poder hacer en cada momento lo que más nos apeteciera.
Una de esas tardes, se nos agotaron las ideas. Y es que el
único plan que se nos había pasado por alto era el de dejar de hacer planes.
Fue al dejar de mirar las nubes para observar sus ojos
cuando vi la respuesta a la pregunta no formulada. Dejé de contarle mis deseos al
aire e invertí el oxígeno en disfrutarnos, en cantar en vez de escuchar música,
en reír en vez de imaginar lo que me haría reír, en sentir el arropo del césped
en vez de pensar en volar… en merendarme sus labios, que era igual de bonito a
cualquier hora del día.
Ansiábamos hacer lo que nos apeteciera, sin darnos cuenta de
que, en ese momento, ya lo estábamos haciendo.
Somos
instantes. Carpe Diem.
No hay comentarios:
Publicar un comentario