Déjame
ser luz cuando algún imbécil te funda la esperanza. Déjame ser el muelle que te
devuelva a la carrera cuando un tropiezo te haga caer. Déjame ser goma si te
estorba el pelo, viento si quieres soltarte la melena. Déjame morder tus
preocupaciones, ser la mejor cura para tus terribles arañazos. Déjame
despeinarte la sonrisa aún yendo a favor de los vientos. Déjame enredarte las
ideas con mi jaleo, llenar tus días de alegría, colmar el vaso de locura y
beberme el agua de tu boca. Déjame acariciarte con los ojos, besarte con mis
versos, quererte un poco, un mucho, un ‘cuelga tú’. Déjame echarte de más, que
de menos ya me cansa. Déjame cantarte para sacar a bailar tus penas, bailarte
para que canten tus pulmones de placer. Déjame ser la pluma que derribe tus espinas, el guiño torpe que te haga bajar la mirada con la mitad de una sonrisa
entre los dientes. Déjame ser la fecha de tus mañanas, el punto y seguido del
fin de tus días. Déjame ser certeza incierta ante las dudas, droga dura en tu
saliva, suspiro para mejorar tus silencios. Déjame endulzarte las salinas del dolor. Déjame ser el brillo del sol en
el reflejo de tus lunas. Déjame ser la magia que esconde el imperceptible interlineado
de tu cuento. Déjame contarte que quiero que seas la luz a trozos que entre a
través de la persiana en mis amaneceres, la socorrida toalla al salir del
cantábrico, el bigote de nata del postre, el desorden irremediable e infinito de
mi armario, mis prisas por llegar a casa, la cucharita de media noche.
Déjame
ser contigo que sin ti no me sale.
Y ni
se te ocurra dejarme jamás, que se me queda a medias el texto y la vida.
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