jueves, 3 de abril de 2014

Dejarse llevar suena demasiado bien.

Desear a una persona no empieza y acaba en la ‘tensión sexual’. Desear a una persona es desear su cuerpo y su mente. Es sentir atracción por la infinidad de cosas que no puedes ver ni tocar, es acariciar su mente con tu respiración. Es desconocer la mayor parte de los rincones de su intelecto y saber, del mismo modo, que quieres asaltarlos todos. Es navegar sin rumbo por el mar de la pasión, de la pasión moral. Es dejarse llevar en una excavación de conocimientos de los que sabes que algún magnífico descubrimiento hallarás. Es no pensar de dónde viene ni a dónde va, sino anhelar la noción de sus ideas con respecto al mundo y la vida.

No hablo de deseo sexual, ni de amor romántico.

De hecho no hablo de amor.

Hablo de similitud, de comprensión, de compatibilidad, de lo genial que es compartir pensamientos y sentimientos con otras personas. Hablo de la satisfacción que supone conocer a alguien y no tener bastante al día siguiente, ni al otro.

Así es como me gusta conocer a las personas; poco a poco, sin prisa, sin pausa. Repelar hasta la última gota de desconocimiento. Esa última gota que no existe, pues al compartir experiencias y crear nuevas, forjas también la eternidad de éstas. Y dure lo que dure este proceso de intercambio de vidas, siempre haya algo de ello que desconozcamos por completo.

Hablo de que tal vez tirarse a piscinas vacías de vez en cuando no hace mal. Hablo de que puestos a vivir, saquémosle todo el jugo a esta mierda que es la vida. Hablo de aprender de todo, de todos. Hablo de dejar de pensar por un momento en el piñazo que podemos darnos cuando ya estemos empotrados contra la cocina.

Hablo de que desear a una persona es mucho más que la basura que puse en la primera línea. El deseo vive a dos milímetros, a mil kilómetros, a veinte bajo cero y a ‘no puedo con este calor’.

El deseo es anhelo.


Y tal vez yo desee. Tal vez yo anhele, esta noche, por qué no, acariciar tu mente con mi respiración.

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